lunes, 27 de diciembre de 2010

EL SILENCIO DE DIOS - Prefacios

Sir Robert Anderson
EL SILENCIO DE DIOS


Prefacio editorial

DIOS ha permanecido callado ya por casi dos mil años. No han aparecido nuevos profetas, y la voz de Dios no se ha oído oralmente desde que Él habló a Su Amado Hijo. ¿Por qué?
Sir Robert Anderson encuadra este problema con su acostumbrada investigación metódica y exhausti­va y los hallazgos consecuentes. Dios no está reve­lando nuevas verdades, porque las Escrituras ya están completas; y Dios ha dicho ya todo lo que la generación actual tenía que saber. Dios ha cerrado Su revelación al hombre en la Biblia a pesar de las afirmaciones de aquellos que quisieran hacernos creer algo distinto.
«Nada hay nuevo debajo del sol», proclamaba Salomón en Eclesiastés. Y, a pesar de ello, nuestra generación afirma que hay una nueva «revelación» de Dios y que la autoridad de la Biblia tiene que ser suplementada con las enseñanzas de estos nuevos «profetas de Dios». Los últimos cien años han producido varios diferentes «profetas» que han intro­ducido supuestas nuevas revelaciones de nuestro Dios y Padre. No obstante, es extraño que cada uno de los nuevos profetas haya introducido revelaciones que difieren de lo que la Biblia expone que Dios ha re­velado.
Aunque escritos hace muchos años, los argumen­tos y hechos aquí expuestos siguen siendo oportunos y muy necesarios. En tanto que el Señor Jesús dilate Su retorno, continuarán surgiendo falsos profetas, y se continuará precisando de este libro: para que podamos conocer que Dios ya ha hablado, y que la revelación está completa.
Los Editores



Prefacio a la novena edición inglesa

Es en respuesta a peticiones de varios lugares que se vuelve a editar este libro. Su importancia queda su­brayada ante las extravagancias del pensamiento re­ligioso de nuestros días y, especialmente por el crecimiento de ciertos movimientos religiosos que pretenden estar acreditados por manifestaciones es­pirituales «milagrosas».
Como enseña la Epístola a los Hebreos, ciertas grandes verdades que se consideran por lo general como distintivamente cristianas eran comunes a la religión divina del judaísmo, sobre la que el cristia­nismo se basa. Y, como nos lo recuerdan las palabras introductorias de Romanos: «El Evangelio de Dios ... acerca de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo» fue «prometido antes» en la profecía hebrea. La verdad más distintiva de la revelación cristiana es que la gracia ha sido entronizada. Y esta verdad resultó per­dida en el intervalo que transcurrió entre el cierre del canon del Nuevo Testamento y la era de los teólogos patrísticos. Que Aquel a quien ha sido entre­gada la prerrogativa de ejercer juicio está ahora sentado en el trono de Dios en gracia y que, como consecuencia, toda acción judicial y punitiva contra el pecado humano está en suspenso —aplazada hasta que haya finalizado el día de la gracia y amanezca el día del juicio—, constituye una verdad que en vano se busca en la teología normativa de la Cris­tiandad.
«Mi evangelio» lo llama el apóstol Pablo, porque fue por medio de él que se reveló esta verdad, no el evangelio «prometido antes», sino «la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos».[1]
Incluso entre los hombres, los sabios y los fuertes guardan silencio cuando han dicho todo lo que de­seaban decir. Y como este evangelio de la gracia es la suprema revelación de la misericordia divina al mundo, el silencio del cielo permanecerá sin que­brarse hasta que el Señor Jesús pase del trono de la gracia al trono del juicio.
No se trata de que se haya suspendido el gobierno moral divino sobre el mundo. Aún menos que hayan cesado los milagros espirituales. Porque, en nuestros días, el Evangelio ha conseguido triunfos en tierras paganas, que trascienden a lo que se registra en el Nuevo Testamento. Así, la incredulidad se enfrenta con milagros de un tipo que dan una prueba mucho más segura de la presencia y del poder de Dios que la que podría ofrecer ningún milagro en la esfera natural: corazones tan totalmente cambiados, y vidas tan completamente transformadas, que salvajes fie­ros, brutales y degradados se han transformado en personas humildes, llenas de gracia y de vidas puras.
Pero el argumento de estas páginas es que lo que pudieran designarse como milagros probatorios no tie­nen lugar en esta «dispensación cristiana». En las edades antes de que Cristo viniera, los hombres bien hubieran podido desear ansiosamente pruebas de la acción de un Dios personal. Pero, en el ministerio y muerte y resurrección del Señor Jesucristo, Dios ha manifestado de manera tan evidente, no solamente Su poder, sino también Su bondad y amor hacia el hombre, que conceder milagros probatorios ahora constituiría un reconocimiento de que aquellas cuestiones que han quedado zanjadas para siempre estarían aún abiertas.
Nadie puede poner límites a lo que Dios pueda hacer en respuesta a la fe individual. Pero podemos afirmar confiadamente que, a la vista de Su suprema revelación en Cristo, Dios no concederá nada a las presuntuosas exigencias de la incredulidad. Y esta reve­lación proporciona la clave al doble misterio de un cielo silencioso y de las aflicciones de una vida de fe sobre la tierra. Este prefacio se da para el beneficio de las personas que hojean un libro en lugar de leerlo.
—Robert Anderson

Prefacio a la segunda edición inglesa
En su introducción a The Scarlet Letter (La Carta Escarlata), Nathaniel Hawthorne discurre con sen­timiento acerca de su incapacidad para ejercer nin­gún esfuerzo literario durante los años en que tuvo funciones en la oficina de Aduanas. ¡Pero hay esferas de trabajo en el Servicio Público comparadas con las cuales la Aduana podría parecer casi un santua­rio! Y teniendo en cuenta las circunstancias en que fue escrito este volumen, la demanda de una nueva edición al cabo de unas pocas semanas de su pri­mera aparición constituye una prueba evidente del profundo y amplio interés del asunto que trata.
Han aparecido críticas contradictorias respecto de la estructura del libro. En la opinión de algunos los capítulos centrales enredan el argumento, y se debe­rían omitir o abreviar. Otros, en cambio, han apre­miado a que se desarrollen estos mismos capítulos, y a que se les hagan adiciones determinadas. Ambas sugerencias, aparentemente contradictorias, son legítimas. A una clase muy limitada estas disertaciones les parecen innecesarias, y el simple crítico se aparta de ellas con impaciencia; pero, en la estimación de la mayor parte de los lectores, son de excepcional interés. Por ejemplo, los capítulos noveno y undéci­mo, que quizá hubieran podido excluirse, han atraído especial atención.
Además, no debería olvidarse que, a diferencia de aquellas doctrinas que pertenecen a la dispensación cristiana en común con aquella que le precedió, la gran verdad característica del cristianismo es dejada de lado por la religión de la Cristiandad, y recibe sólo escasa atención incluso en nuestra mejor lite­ratura religiosa. Por ello, es de importancia vital desarrollar aquí su carácter y alcance, y remarcar su importancia trascendental. De seguro se hallará, con toda probabilidad, que la apreciación del argu­mento por parte del lector estará precisamente en proporción directa con su conocimiento de esta verdad.
Por ejemplo, uno de los más importantes diarios informa a sus lectores que el autor «halla causa suficiente del silencio en la doctrina de la Expiación». Y otra revista —una revista de categoría superior[2]— indica que la «principal posición» de este libro es «que las verdades cristianas proporcionan una explicación adecuada del “Silencio de Dios”». Podría parecer imposible a priori que alguien pudiera leer estas páginas y llegar a unas conclusiones tan erróneas, pero el párrafo anterior puede quizás explicar el fenómeno. «La Expiación» no es una doctrina especialmente cristiana en abso­luto: Tiene un lugar sobresaliente en el judaísmo, así como en el cristianismo. Y la «postura» del autor, bien  claramente  expresada,  es  que  las   «verdades cristianas», lejos de explicar el silencio del Cielo, parecen únicamente hacerlo aún más inexplicable. A juicio de este crítico acabado de citar, la posi­ción intensamente protestante y cristiana mantenida a lo largo de todo el volumen, no constituye nada más que un «punto de vista peculiar de las Escrituras como guía suprema en asuntos de fe y de especu­lación». Y, escribiendo desde este mismo punto de vista, sus críticas son, desde luego, poco simpáticas y severas. No puede el autor quejarse de ello; porque quien administra golpes fuertes tiene que esperar golpes fuertes de vuelta. Pero no debiera haber «golpes bajos». El lector imparcial podrá decidir si estas páginas admiten siquiera una sombra de pretexto para la acusación de «ocasionales apartamientos de la reverencia». Y no menos carente de base es la afirmación de que se menciona aquí al señor A. J. Balfour en un «tono condescendiente». Cierto es que se ha utilizado una considerable libertad en la crítica de los argumentos de un hombre más que distinguido. Pero los temores del autor han quedado ali­viados por la recepción de una carta del mismo se­ñor W. E. Gladstone. «Me siento muy satisfecho», escribe él, «de que estos argumentos hayan sido examinados concienzudamente por una persona tan bien dispues­ta y competente como usted».
—Robert Anderson

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[1] Romanos 16:25. La palabra misterio en las epístolas significa «no una cosa ininteligible, sino lo que permanece escondido y secreto hasta que se da a conocer por la revelación de Dios». Este evangelio tiene por ello que distinguirse del de Romanos 1:1-3.
[2] «Literature»


Historia:
Fecha de primera publicación en inglés: 1897
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Primera traducción publicada por Editorial Portavoz en castellano en 1983
OCR 2010 por Andreu Escuain
Nueva traducción © 2010 cotejando la antigua traducción y con constante referencia al original inglés, Santiago Escuain
Quedan reservados todos los derechos. Se permite su difusión para usos no comerciales condicionado a que se mantenga la integridad de la obra, sin cambios ni enmiendas de ninguna clase.

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