viernes, 31 de diciembre de 2010

NOTA 4. Una nueva dispensación

NOTA 4.   Una nueva dispensación (véase Capítulo 8, nota al pie 3)

Todos reconocen que la venida de Cristo comportó un señalado «cambio de dispensación», según se designa: es decir, un cambio en los tratos de Dios hacia los hombres. Pero se ignora comúnmente que el rechazo que Cristo sufrió de parte del pueblo favorecido, y la consiguiente caída de ellos de su posición de privilegio que antes mantenían, comportó otro cambio no menos inequívoco e importante (Ro. 11:15). Y sin embargo esta realidad proporciona la solución a muchas dificultades y una protección frente a muchos errores. Como se ha indicado en estas páginas, proporciona la clave para una correcta comprensión del libro de Los Hechos de los Apóstoles —libro que constituye de manera primordial no el registro de la fundación de la Iglesia Cristiana, sino de la apostasía de la nación favorecida. Pero también explica muchas cosas de la enseñanza de los Evangelios que desconciertan a los cristianos.
Durante la última insurrección carlista en España se cuenta que un rico marqués español hipotecó todas sus posesiones por todo su valor, y dio todo el dinero para la financiación de la insurrección. Esta era una acción razonable por parte de todo el que creyera en la causa del Pretendiente. Para él, y para otros muchos como él, la accesión de Don Carlos al trono les devolvería lo que habían aportado, y mucho más. Así era con los discípulos en los días en que el reino era predicado al pueblo terrenal. Algunos de los preceptos del Señor tenían que ver con las circunstancias especiales de aquella dispensación especial. Tomemos como ejemplo «el Sermón del Monte». Nuestro Señor desarrollaba en el mismo los principios del reino prometido, y daba preceptos para guiar a los que esperaban su establecimiento. Es todo él para nosotros, sin duda alguna, pero no siempre en el mismo sentido que tenía la intención de comunicarles a ellos. Los cristianos, por ejemplo, oran la oración del reino. Pero para nosotros, el «venga a nosotros tu reino» constituye una petición general por el avance de la causa divina: para ellos se trataba de una petición específica del cercano cumplimiento del reino terrenal prometido. ¡Y cuál no sería el significado de la oración del pan de cada día para aquellos que habían recibido la orden de no llevar ni bolsa ni alforja, sino que confiasen en el Padre celestial que les alimentaría como alimenta a las aves; porque, como las aves, «no tenían graneros»!
Los principios son inmutables, pero los preceptos específicos que aparecen en pasajes como Mateo 5:39-42 y 6:25-34 fueron formulados con referencia a las circunstancias de aquel tiempo y al especial testimonio que el discípulo del reino tenía que mantener. El cristiano, a diferencia del discípulo del reino a este respecto, tiene derecho a defenderse frente a los atropellos y a resistir cualquier invasión de sus derechos personales o civiles; y se le ha mandado expresamente que haga provisión para el futuro. La banca, los seguros y el ahorro no están prohibidos por el cristianismo. «No toméis nada para el camino», mandó el Señor, al enviar a los Doce, «ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni llevéis dos túnicas» (Lc. 9:3). Y refiriéndose a esto mismo, cuando estaba a punto de ser quitado de en medio de ellos, les preguntó: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada. Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una» (Lc. 22:35-36).
¿Qué puede haber más claro que esto? Naturalmente, en las comunidades civilizadas es el Estado el que se encarga de «la espada» (Ro. 13:4), y no se permite que el ciudadano individual se defienda a sí mismo; pero el principio es el mismo. Aquel que es «docto en el reino», dice el Señor, es como «un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas» (Mt. 13:52). Pero a los cristianos no se les instruye hoy de esta manera. ¡Son más bien como padres de familia que, sacando lo que primero les viene a mano, dan leche fresca a sus huéspedes y vino viejo a sus bebés! Y, como resultado, las Sagradas Escrituras caen en descrédito, y los creyentes fervorosos y sinceros tropiezan o quedan presas del desconcierto.
Necesitamos otra clave para guiarnos en el correcto uso de la enseñanza de los Evangelios. Algunas de las palabras del Señor se dirigen a los apóstoles como tales, y tenemos que recordar esto cuando las aplicamos a nosotros mismos.
Con referencia al Sermón del Monte se podría preguntar: ¿Alguno de nosotros se imagina que nuestro Señor suponía que nadie desearía añadir cincuenta centímetros a su estatura? Mateo 6:27 se debería leer sin duda como lo traducen los revisores americanos: «¿Y quién de vosotros, por mucho que se afane, podrá añadir un codo a lo largo de su vida?» (como también traduce la V.M.).

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Historia:
Fecha de primera publicación en inglés: 1897
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Primera traducción publicada por Editorial Portavoz en castellano en 1983
OCR 2010 por Andreu Escuain
Nueva traducción © 2010 cotejando la antigua traducción y con constante referencia al original inglés, Santiago Escuain
Quedan reservados todos los derechos. Se permite su difusión para usos no comerciales condicionado a que se mantenga la integridad de la obra, sin cambios ni enmiendas de ninguna clase.

NOTA 3. El propósito de Los Hechos de los Apóstoles

NOTA 3.   El propósito de los Hechos de los Apóstoles (véase Capítulo 5, nota al pie 16)

Los Hechos de los Apóstoles está dividido por los teólogos en tres períodos principales: El hebraico (caps. 1–5); el de  transición (6–12), y el gentil (13–28). Pero esta clasificación es arbitraria. La sección hebraica incluye por lo menos los primeros nueve capítulos; y si el punto de vista acerca del libro que aquí proponemos es correcto, todo el resto del mismo se tiene que considerar como de transición. Que esto es así de una manera muy real no lo podrá dejar de reconocer ningún estudioso; y me aventuro a mantener que esta es la intención de la narración. La admisión de los gentiles, que se narra en el capítulo 10, tuvo lugar dentro de unas líneas estrictamente judías, como los apóstoles llegaron a saber, y como Santiago lo explicó en el Concilio de Jerusalén (15:33 y ss.). Los que fueron dispersados por la persecución que se inició tras el asesinato de Esteban predicaban «sólo a los judíos» (11:19). La nota marginal al versículo 20 en la versión revisada inglesa expone que no se tiene que forzar el pasaje para implicar una negación de esto. Que el ministerio de Pablo durante el año que pasó en Antioquía se limitó a los judíos queda claro por 14:27.[1] Cuando Pablo y Bernabé llegaron a Salamina procedentes de Antioquía, «anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos» (13:5). Cuando llegaron a Antioquía de Pisidia, de nuevo acudieron a la sinagoga (v. 14). Y no fue sino hasta después que los judíos rechazaron el ministerio que los apóstoles se volvieron «a los gentiles» (v. 46). Este pasaje marca una de las crisis menores en la narración. De nuevo, en Iconio los apóstoles predicaron en la sinagoga de los judíos (14:1). Como los «griegos» aquí mencionados asistían a la sinagoga, es evidente que eran prosélitos, y no deben confundirse con los «gentiles» de los versículos 2 y 5. El versículo 27 del capítulo catorce deja claro que el ministerio de Pablo entre los gentiles empezó con su estancia en Pisidia (cap. 13).
El capítulo 15 demanda una atención más plena que la que le podemos prestar aquí. Pero todos podrán ver que registra la sesión de un concilio de judíos para tratar de los nuevos problemas que se habían suscitado a causa de la conversión de los gentiles. Hechos 16:1-8 narra las visitas de los apóstoles a las iglesias existentes. A continuación, la visión del versículo 9 los llama a Filipos, donde (como probablemente en Listra) no hallaron ninguna sinagoga. Pero al pasar de allí a Tesalónica, «Pablo, como acostumbraba», frecuentó la sinagoga (17:2). Lo mismo tenemos en Berea (v. 10) y en Atenas (v. 17).
De Atenas Pablo fue a Corinto donde «discutía en la sinagoga todos los días de reposo» (18:4). Así también en Éfeso (v. 19 y 19:8). Fue desde allí que se dirigió a Jerusalén en aquella misión que algunos consideran como el cumplimiento de su ministerio, y por otros como su desvío del camino del testimonio a los gentiles que, al parecer le había sido marcado como el que debía seguir. Sea como fuere, habiendo sido llevado preso a Roma, su primera preocupación fue la de convocar, no a los cristianos, a pesar de lo mucho que deseaba verlos (Ro. 1:10-11), sino «a los principales de los judíos», y ello para darles el testimonio que había llevado a su nación en cada lugar adonde le había llevado su ministerio. En su primer discurso ante ellos afirmó su posición como un judío entre judíos: «No habiendo hecho nada contra el pueblo [les dijo], ni contra las costumbres de nuestros padres» (28:17); pero cuando éstos, los judíos de Roma, rechazaron la misericordia ofrecida, su misión a los de su nación llegó a su final; y separándose por primera vez de ellos, exclamó: «Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a vuestros padres» (V.Μ.). Y procedió a repetir las palabras que nuestro mismo Señor había utilizado en aquella crisis similar de Su ministerio cuando la nación le rechazó abiertamente (Hch. 28:25; Mt. 13:13, cp. 12:14-16).
Mantengo que Hechos, como un todo, es el registro de una dispensación temporal y transicional en la que la bendición se ofreció de nuevo al pueblo judío, y fue de nuevo rechazada. De ahí el constante énfasis con que se pormenoriza el testimonio a Israel, y la forma incidental en que se narra el testimonio a los gentiles. De los miles de bautizados en Pentecostés no cabe duda de que una gran proporción era de los extranjeros que se mencionan en 2:9-11; y estos llevaron el testimonio a los judíos en los lugares allí enumerados. Por lo que se refiere a los cinco mil hombres mencionados en 4:4, estos parece que residían en Jerusalén, y cuando fueron dispersados por la persecución que siguió a la muerte de Esteban, «iban por todas partes, anunciando el Evangelio», pero «sólo a los judíos» (8:1-4 y 11:19). Podemos suponer con toda seguridad que no hubo un solo distrito ni ninguna aldea donde habitasen judíos donde no llegase el Evangelio.
Algunos, quizás, apelarán a pasajes como Hechos 15:12 para refutar mi afirmación de que los milagros tenían una especial referencia a la nación favorecida. No obstante, el investigador cuidadoso verá que nada hay en la narración que sea inconsecuente con lo que afirmo. Por ejemplo, el milagro en Listra fue en respuesta a la fe de un hombre, que se benefició del mismo (14:9), y su efecto sobre los paganos testigos del mismo no fue el de llevarles al cristianismo, sino primero a el de llevarlos a rendir homenaje divino a los apóstoles y después, al descubrir que no eran dioses, sino hombres, a apedrearlos. No he dicho que no se efectuaron milagros entre los paganos, sino que, cuando se llevó el Evangelio a éstos, los milagros perdieron su lugar preeminente, y que cesaron totalmente justo alrededor del tiempo en que, si la hipótesis comúnmente difundida fuese cierta, hubieran sido del máximo valor. El gran milagro de 16:26 fue una intervención divina en favor del apóstol Pablo y Silas. Y entre los judíos de Éfeso (19:11) y los cristianos de Corinto (1 Co. 12:10) hubo milagros, como indudablemente también en otros lugares. Pero no hubo milagros en presencia de Félix ni de Festo ni de Agripa; y, como ya se ha señalado, cuando Pablo compareció ante Nerón ya se había acabado la era de los milagros. Los milagros de Hechos 18:8-9 son cronológicamente los últimos que se registran, y las epístolas posteriores guardan un silencio total acerca de los mismos.

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[1] Debido a que si los gentiles hubieran sido evangelizados durante su primera visita, no habría existido ninguna necesidad de anunciar a su vuelta que Dios había abierto la puerta de la fe a ellos.


Historia:
Fecha de primera publicación en inglés: 1897
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Primera traducción publicada por Editorial Portavoz en castellano en 1983
OCR 2010 por Andreu Escuain
Nueva traducción © 2010 cotejando la antigua traducción y con constante referencia al original inglés, Santiago Escuain
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NOTA 2. Significado y uso del término «religión»

NOTA 2.   Significado y uso del término «religión» (véase Capítulo 4, nota al pie 17)

Según el diccionario, el significado primario de religión es «piedad». Pero esto es, desde luego, totalmente personal y subjetivo. En estas páginas utilizo solamente la palabra en su sentido original, aquel en el que aparece siempre en nuestra Biblia inglesa. «Lo poco que “religión” significaba piedad, y lo muy predominantemente que se utilizaba para el servicio exterior a Dios, queda evidente en muchos pasajes en nuestras homilías, y de mucha literatura contemporánea.» Pero aunque el arzobispo Trench, de cuya obra English Past and Present hemos entresacado esta cita, sugiere que este uso de la palabra está ya en desuso, me atrevo a mantener que es en este sentido original, aunque ahora secundario, que se utiliza generalmente en la actualidad.
Y puedo apelar al hecho de que los revisores la han retenido incluso en Gálatas 1:13-14 (se refiere a la versión revisada inglesa, N. del T.) donde aparece en tres ocasiones «la religión de los judíos» como el equivalente a «judaísmo». En los únicos otros pasajes en los que aparece (Hch. 26:5, y Stg. 1:26-27), se trata de la traducción del término griego θρησκεία, una palabra que significa el servicio ceremonial externo de la religión, en contraste con εὐσέβεια, una palabra que, con una única excepción, se traduce siempre como piedad en los quince pasajes en los que aparece. Θρησκεία se traduce como culto en Colosenses 2:18, lo que demuestra claramente que implica un ceremonial externo. Su uso en Hechos 26:5 no precisa de comentarios, pero, por lo general, se pierde de vista su significado en Santiago 1:27. «La religión pura y sin mácula es esta» declara el escritor —y cada israelita (porque era a ellos a quienes se dirigía la epístola en forma especial)— esperaría una referencia a nuevas ordenanzas en lugar de aquellas de la dispensación finalizada; pero sus pensamientos son llevados a una dirección totalmente diferente: «visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo». Como observa el arzobispo Trench, la θρησκεία esencial del cristianismo «consiste de actos de misericordia, de amor, de santidad». Las palabras están dispuestas no para indicar un paralelo, sino un contraste. El apóstol no hubiera podido enseñar de una manera más enérgica y contundente que el cristianismo no es una θρησκεία en absoluto.

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APÉNDICES -

NOTA 1. Los presuntos milagros

NOTA 1.   Los presuntos milagros (véase Capítulo 2, nota al pie 2)

En estas páginas estoy tratando solamente de los milagros en el sentido teológico; esto es, de los milagros divinos. Los fenómenos del espiritismo no los he investigado personalmente, pero si son genuinos son evidentemente milagrosos, y rechazar, a priori, la masa de pruebas aducidas en su favor en libros como el del profesor A. R. Wallace, Miracles and Modern Spiritualism (Los Milagros y el Moderno Espiritismo), me parece que es una indicación a la insensatez de la incredulidad. Dando por supuesta su autenticidad, ningún cristiano tiene por qué dudar en considerarlos como intervenciones demoníacas. Atribuirlos a espíritus que han partido de este mundo es tan antifilosófico como antibíblico. Parece que durante esta dispensación cristiana, en la que la tercera Persona de la Trinidad habita en la tierra, los demonios se hallan sujetos a unas restricciones que no habían sido impuestas en la edad anterior, pero no hay razón alguna para rehusar creer en su presencia o en su poder.
Los milagros religiosos también merecen aquí una atención pasajera. No me refiero a los trucos de los sacerdotes, sino a casos de curaciones extraordinarias de serias enfermedades; y al menos algunas de estas parecen estar apoyadas por una prueba suficiente para establecer su veracidad. Es probable que el fenómeno de la histeria y de enfermedades miméticas explique la mayor parte de los casos de este tipo. También se podrían explicar otras como ejemplos del poder de la mente y de la voluntad sobre el cuerpo. Las enfermedades necesariamente mortales son relativamente poco numerosas. Pero cuando el paciente abandona la esperanza, sus posibilidades de recuperación quedan muy reducidas. en cambio, el progreso de una enfermedad puede quedar controlado e incluso detenido por alguna influencia o emoción dominante que devuelve los pensamientos del paciente de nuevo a la vida, y que le llevan a creer que está convaleciente. Pero aunque la inmensa mayoría de las curaciones aparentemente milagrosas se pueden explicar así mediante principios naturales, puede que haya algunas que sean milagros genuinos. No hay límites a las posibilidades de la fe, y es posible que Dios se declare así en ocasiones.
No hay nada en esta admisión que choque con la afirmación final de mi segundo capítulo, en el sentido de que en nuestra dispensación, a diferencia de las que la precedieron, no hay sucesos públicos que impongan creer en Dios. En aquel capítulo no me refiero al mero hecho de los milagros, sino a su valor como evidencias; y si ha habido milagros en la Cristiandad, este elemento está ausente en los mismos. Puedo añadir que entre los cristianos es un gran mal convertir la experiencia excepcional de algunos la regla de fe para todos. La Palabra de Dios es nuestra guía, y no la experiencia de hermanos cristianos; y cuando se ignora esta verdad, las consecuencias prácticas son desastrosas. Los anales de las «curaciones de fe», como se las llama, abundan en casos de enfermedades miméticas o de histeria, pero guardan silencio acerca de los naufragios espirituales debidos a sus innumerables fracasos.

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Capítulo 13. El reinado de la gracia

Capítulo 13. El reinado de la gracia

¡Un cielo en silencio! Sí, pero no el silencio de una insensible indiferencia ni de la impotencia de debilidad; es el silencio de un gran reposo sabático, el silencio de una paz absoluta y profunda; un silencio que constituye la prenda y prueba públicas de que el camino está abierto para que el más culpable de los humanos se pueda acercar a Dios. Cuando la fe murmura y la incredulidad se rebela, y los hombres desafían al Supremo a romper este silencio y a que se declare a Sí mismo, ¡qué poca cuenta que se dan de lo que significa el desafío! Significa poner punto final a la amnistía; el final del reinado de la gracia; la conclusión del día de misericordia y el amanecer del día de la ira.
Entre las afirmaciones que dolieron a los ortodoxos en el famoso discurso del difunto profesor Tyndall en Birmingham sobre «Ciencia y Hombre», se hallaba su referencia al cántico de los Ángeles Anunciadores. «Mirad hacia Oriente en la actualidad», exclamó él, «como un comentario acerca de la promesa de paz sobre la tierra y buena voluntad hacia los hombres. La promesa es un sueño arruinado por la experiencia de dieciocho siglos, y en esta ruina queda incluida la pretensión de las “huestes celestiales” de dar una visión profética». Pero el cántico de los ángeles no fue una promesa, y menos todavía una profecía. Aquel himno de alabanza era una proclamación divina. Todavía no había llegado el tiempo en que Dios podría imponer la paz entre los hombres; pero la gracia «vino por Jesucristo», y con aquel advenimiento la paz y la buena voluntad vinieron a ser la actitud de Dios hacia los hombres. Y esto «en la tierra», incluso en medio de sus dolores y de sus pecados. «Y vino y anunció las buenas nuevas de paz».[1] Y «el que tiene oídos para oír» puede captar el eco de aquella voz que vibra todavía en nuestra atmósfera. Si Dios guarda silencio ahora es porque el Cielo ha bajado a la tierra, se ha alcanzado la cumbre de la revelación divina, y no hay ninguna reserva de misericordia que quede por desplegarse. Él ha hablado Su última palabra de amor y de gracia, y cuando la próxima vez rompa Su silencio será para desencadenar los juicios que aún han de abrumar este mundo que ha rechazado a Cristo. Porque «vendrá nuestro Dios, y no callará».[2]
El cielo silencioso forma parte del misterio de Dios; pero las Sagradas Escrituras declaran que está fijado un día en la cronología divina en que «el misterio de Dios se consumará».[3] Y cuando amanezca aquel día, se oirán de nuevo las huestes celestiales, proclamando que «la soberanía del mundo[4] ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos». Y a esta señal los maravillosos seres que se sientan en tronos alrededor del trono de Dios elevarán el himno: «Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que ha de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra».[5] Entonces, por fin, Él asumirá el poder que ya le pertenece de derecho, y galardonará públicamente el bien y reprimirá el mal. En una palabra, Él hará entonces lo que los hombres creen que debería hacer ahora y siempre. Y si El posterga hacer esto, no se trata de que «retarde su promesa». La propia defensa de Dios con respecto a Su inactividad es que Él es «paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento».[6]
A lo largo de todas las edades hasta que vino Cristo, el curso de la historia humana fue una acusación sin respuesta por la que, aparentemente, se desacreditaba cada atributo de Dios. El poder divino y Su sabiduría, justicia y amor fueron todos puestos en entredicho. Pero la venida de Cristo fue la revelación plena y final de Dios mismo al hombre. Sin duda alguna, hay misterios que todavía permanecen sin resolver, pero son misterios que se hallan más allá del horizonte de nuestro mundo. El principal entre ellos es el del origen del mal. No en la caída del Edén, sino en la caída de aquel Ser maravilloso que con sus «estratagemas» dio lugar a la caída en Edén. ¿Por qué permitió Dios que la primera y más noble de Sus criaturas se tornase en diablo? Pero de todas las cuestiones que nos afectan de forma inmediata, no hay ni una a la que la Cruz de Cristo no haya dado respuesta. Los hombres señalan a los tristes incidentes de la vida humana sobre la tierra, y preguntan: «¿Dónde está el amor de Dios?». Dios señala a aquella Cruz como la manifestación sin ninguna clase de reservas de un amor tan inconcebiblemente infinito que da respuesta a toda contradicción y silencia para siempre toda duda.[7] Y aquella Cruz no constituye meramente la prueba pública de lo que Dios ha cumplido; constituye también la garantía de todo lo que ha prometido. El supremo misterio de Dios es Cristo, porque en Él «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento».[8] Y estos tesoros escondidos aún han de ser revelados. Es el propósito divino «reunir todas las cosas en Cristo».[9] El pecado ha roto la armonía de la creación, pero aquella armonía debe ser todavía restaurada por la supremacía de nuestro Señor, que actualmente sigue menospreciado y rechazado. Y al nombre mismo de Su humillación, Jesús, se doblará toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confesará que Él es el Señor.[10]
Y creer en Cristo es reconocer Su Señorío ahora. De ahí la promesa: «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo».[11] El pecador que así cree en Cristo anticipa, aquí y ahora, la realización del propósito supremo de Dios, y es salvo absolutamente y para siempre.
Fue en el poder de estas verdades que vivieron y murieron los mártires. En esto residía el secreto de su triunfo; no en «el tenor general de las Escrituras corregido a la luz de la razón y de la conciencia»; ni en las insolentes pretensiones del clericalismo, degradantes para cualquiera que las tolera. Con corazones guiados por una profunda reverencia a Dios, custodiados por la paz de Dios y exultantes en el amor de Dios derramado por el divino Espíritu, se mantuvieron por la verdad frente a las fuerzas combinadas de sacerdotes y de príncipes y, atreviéndose a ser llamados herejes, fueron fieles a su Señor en vida y en muerte.
El cielo estuvo entonces silencioso, al igual que ahora. No hubo visiones, ni se oyeron voces que hicieran detenerse a sus perseguidores. No se vieron señales que dieran pruebas de que Dios estaba con ellos cuando se hallaban en el potro del tormento o cuando entregaban su vida en la hoguera. Pero con su visión espiritual concentrada en Cristo, las realidades invisibles del cielo llenaban sus corazones, al pasar de un mundo que no era digno de ellos al hogar que Dios ha preparado para los que le aman. Pero en nuestro caso, los hijos decaídos de una edad decadente, la fe vacila bajo el peso de las pequeñas pruebas de nuestra vida. Y mientras Él insiste: «No te desampararé ni te dejaré», nuestras murmuraciones ahogan Su voz; y aunque profesamos ser «imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas», nuestra presunción e incredulidad apartan de nosotros las infinitas compasiones de Dios. «Ellos se sostuvieron como viendo al Invisible»; nosotros no podemos ver otra cosa que nuestras cargas y nuestras aflicciones, que se ven tanto más ampliadas cuanto que las vemos a través de las lágrimas de un dolor egoísta que ciegan nuestros ojos a las glorias de la eternidad.
La dispensación de la ley y del pacto y de la promesa —los privilegios distintivos del pueblo favorecido— quedó marcada por la exhibición pública del poder divino sobre la tierra. Pero el reinado de la gracia tiene su correlativo con la vida de la fe. El nuestro es el privilegio superior, la mayor bendición de aquellos «que no vieron y creyeron».[12] Y andar por fe es la antítesis de andar por vista. Si se nos concedieran «señales y maravillas» como en los días de Pentecostés, la fe descendería a un nivel inferior, y cambiarían toda la norma y el carácter de la disciplina de la vida cristiana.[13] Los sufrimientos de Pablo denotan una fe superior a «los hechos poderosos» de su ministerio anterior. No fue hasta que cesaron los milagros, y que él entró en el camino de la fe tal como el que andamos hoy, que se le reveló que su vida iba a ser «como ejemplo para los que después hubiesen de creer».[14]
¡Y qué vida fue ésta! Aquí tenemos el asombroso relato: «De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez».[15]
Y todo esto no solamente sin ninguna murmuración, sino con un corazón exultante en Dios. En lugar de quejarse de sus flaquezas, se glorió en ellas. En lugar de lamentarse de sus persecuciones, aprendió a gozarse en ellas.[16] No con vanagloria ni con morbosidad, sino «por causa de Cristo», su Maestro y Señor, por quién, declaró: «lo he perdido todo». Pasando revista a todas sus privaciones y sufrimientos, los describe como «esta leve tribulación momentánea [que] produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria»; y añade: «No mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas».[17]
¡Qué diferencia respecto de la experiencia descrita en el capítulo introductorio![18] Allí tenemos el caso de aquellos que, no viendo nada más allá de los sucesos y de las circunstancias de su vida, se apartan de Dios con corazones endurecidos y amargados. Pero los hijos de la fe miran más allá del bramido de las olas y de las amenazantes nubes, porque saben bien que:

«Por encima de la voz de muchas aguas,
Y de las poderosas ondas de la mar,
Poderosa es la mano del Señor».[19]

Y así, llenos de pensamientos felices del hogar en el más allá y de la gloria a la que les está llamando, pueden gozarse en El, aunque sea a través de la aflicción de muchas pruebas, porque la prueba de su fe es preciosa.[20]
Los hombres comprenden y aprecian los ascetismos de la religión —«en culto voluntario, en humildad, y en duro trato del cuerpo»— penitencias y ordenanzas que son «en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres».[21] Pero todo esto no tiene nada en común con la vida de la fe. Hay caminos con los que los hombres se engañan a sí mismos en unos vanos esfuerzos de llegar a la Cruz. Pero es en la Cruz misma donde empieza la vida de la fe. Y los milagros espirituales de esta vida son más maravillosos que cualquiera que se limite a controlar o a suspender la operación de las leyes naturales. El mayor de todos ellos es el milagro del nuevo nacimiento por el Espíritu de Dios, con su contrapartida exterior de conversión desde una vida de egoísmo o pecado a una vida de servicio consagrado. Y los que lo han experimentado pueden decir, con las palabras de las Sagradas Escrituras: «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero».[22] Y al llevar la verdad a otros, descubren que produce los mismos resultados que ellos mismos han experimentado. Y esto no sucede sólo en casos aislados ni en circunstancias favorables. En años recientes, durante los que muchos han proclamado en público su creencia de que la Biblia es verdadera,[23] pero que, mientras reciben un sueldo para enseñar que es divina, han estado trabajando para demostrar que es indigna de confianza y puramente humana, éstos han sido precisamente los años en los que hombres cristianos la han llevado a algunas de las razas más degradadas del mundo pagano, con resultados que superan a todos los testimonios anteriores, proporcionando una abrumadora prueba de que su carácter y su misión son divinos.
Para personas así hay un sentido en que el cielo no está silencioso. La ciencia actual nos ha enseñado que hay rayos de luz, hasta ahora desconocidos, que pueden penetrar en las sustancias más densas. Pero estos rayos solamente pueden originarse allí donde queda excluida la atmósfera de la tierra. Y estas maravillas tienen su contrapartida en la esfera espiritual. Aquellos que pueden escapar así de la influencia de la tierra y elevarse por encima de lo visible y temporal, tienen ojos para ver y oídos para oír las escenas y los sonidos de otro mundo; y con voz unánime testifican que Dios está con Su pueblo y que Su Palabra es verdadera.
Y respaldando a estos hombres hay  decenas de millares de cristianos en la retaguardia, incluyendo a no pocos de los mayores teólogos, pensadores y eruditos de nuestro tiempo, que comparten sus creencias y que se gozan en sus triunfos. ¡No se trata de que la cuestión de qué es la verdad pueda resolverse por un plebiscito! Porque la verdad siempre ha estado en minoría. Pero no hay en el error no hay ningún elemento de cohesión. Entre los hijos del error no hay un vínculo de unión excepto en lo que se refiere a una común hostilidad a la verdad. Una generación mata a los profetas; otra le levanta sus monumentos funerarios. Aquellos que derramaron la sangre de los mártires son repudiados y condenados por sus sucesores y representantes actuales. Pero los hijos de la verdad de todas las edades son uno. Grande es «la nube de testigos» que nos rodea de los justos muertos de todas las edades pasadas. Y cuando hayamos corrido nuestra carrera, también nosotros, a su debido tiempo, pasaremos de la arena a reunirnos con la gran muchedumbre hasta que, completadas sus filas, la hueste incontable se hallará de pie, una multitud innumerable, delante del trono de Dios.

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¡Qué gran éxito hubiera tenido este libro si hubiera cumplido la promesa de sus primeras páginas! Si tan sólo hubiera servido para reforzar el rechazo contra la fe que se sugiere en el capítulo inicial, entonces, desde luego, hubiera recibido «reseñas» en los diarios y «pedidos» de las bibliotecas. Pero en tanto que los ataques escépticos contra la Biblia están considerados a la par con la literatura general,[24] la prensa secular considera inapropiada cualquier defensa de ella que apele a sus más profundas enseñanzas. El resultado es que todo aquello que la incredulidad tiene que decir, aparece destacado ante el público, mientras que la inmensa mayoría de la gente nunca oye hablar de un libro distintivamente cristiano.
La religión y el escepticismo son competidores rivales por el favor popular. Sin embargo hay muchos que, aunque conscientes de unos anhelos demasiado profundos para quedar satisfechos por la mera religión, eligen la religión porque no conocen otro refugio frente al descreimiento. Y hay otros que, «con demasiado conocimiento para ser escépticos», derivan hacia el escepticismo en su rechazo del clericalismo.[25] Quizá estas páginas puedan sugerir a algunos de ellos un mejor camino. Porque el cristianismo no solamente nos libera del escepticismo por una parte, sino también de la superstición por la otra.
Y es posible que para no pocos este volumen reciba buena acogida al proporcionar una clave a apremiantes dificultades que desconciertan y afligen a las personas reflexivas. La incredulidad se aprovecha del silencio del cielo, de la inacción del Supremo. Si existe un Dios, todopoderoso y absolutamente bueno, ¿por qué no utiliza Su poder y da prueba de Su bondad en la forma que los hombres deciden esperar de Él? La respuesta que por lo general ofrece el apologista cristiano no consigue silenciar al oponente ni satisfacer al creyente. Y con razón, porque carece no sólo de coherencia, sino también de compasión. El Dios de la Biblia es infinito, tanto en poder como en compasión; y en otras épocas Su pueblo tuvo prueba pública de ello. ¿Por qué, entonces, está Él tan callado?
La pregunta no es por qué no se manifiesta siempre a Sí mismo, sino por qué nunca lo hace. Si, como ya se ha expuesto, incluso generaciones enteras pasaron sin experimentar ninguna manifestación de poder divino sobre la tierra, entonces, en presencia de algún mal aplastante, de algún mal horrendo, Su pueblo bien podría exclamar con Gedeón en el pasado: «Si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas que nuestros padres nos han contado?».[26] Pero lo que nos atañe es que, a lo largo de todo el curso de esta dispensación cristiana desde los tiempos de Pentecostés, «el dedo de Dios»[27] nunca ha estado obrando abiertamente en la tierra, ¡nunca se ha observado un milagro público —«ni un solo suceso público que empuje a creer que haya un Dios en absoluto»! ¿Acaso se nos ha dejado en las tinieblas para buscar a tientas para hallar la respuesta? ¿Acaso la revelación no da luz acerca de esto? Es para sugerir la solución a este misterio que se han escrito estas páginas. Ahora sólo queda recapitular el argumento que han ido desarrollando.
Apelar a los «milagros cristianos», como se ha expuesto, lejos de resolver el misterio, sirve sólo para intensificarlo. Además, el propósito de los milagros era el de acreditar al Mesías a Israel, y no, como generalmente se supone, acreditar el cristianismo a los paganos. Y, por ello, como la Escritura indica claramente, persistieron mientras el testimonio se dirigió al judío, pero cesaron cuando, habiendo sido dejado el judío de lado, el evangelio fue enviado al mundo de los gentiles.
Pero la crisis que privó a la nación favorecida de su posición ventajosa de privilegio proporcionó la ocasión para una nueva revelación a la humanidad. La caída de Israel fue «la reconciliación del mundo».[28] Dios adoptó una nueva actitud hacia los hombres. Siempre había habido misericordia hacia los gentiles, porque todo quien buscaba con diligencia a Dios nunca lo había buscado en vano.[29] Pero el cristianismo va infinitamente más allá de esto. Es la plasmación del cambio insinuado en las palabras proféticas: «Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí».[30] Ahora no se trata de que Dios oiga el clamor de un verdadero corazón arrepentido suplicando misericordia, porque esto siempre lo ha hecho, sino que ahora Él mismo está rogando incluso a los no arrepentidos a que se vuelvan a Él; está rogando a los hombres que se reconcilien con Él.[31] No se trata que haya misericordia para algunas personas, sino que Dios ha hecho ahora una declaración pública de Su gracia «portadora de salvación a TODOS los hombres».[32]
Así, la gracia se halla en el trono, reinando por medio de la justicia para vida eterna.[33] Pero es cosa evidente que antes que se revelase esta verdad, la gran verdad característica del cristianismo, se daba una intervención inmediata de Dios sobre la tierra: en una palabra, había milagros; en tanto que, después de que fuera revelada esta verdad, los milagros cesaron. La era del reinado de la gracia es precisamente la era del silencio de Dios. Así, es a la gracia a la que acudimos para explicar el silencio. El cristianismo es la revelación final y suprema de «la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres».[34] Así, cuando Dios se manifiesta una vez más sólo podrá hacerlo en ira, y la ira tiene que esperar al «día de la ira».[35]
Esto no significa que el gobierno humano haya perdido su sanción divina, porque «no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas».[36] Tampoco ha quedado suspendido el gobierno moral del mundo: las leyes de la naturaleza siguen implacablemente en acción.[37] Pero en esta esfera superior no hay ni tribunal ni policía con potestad para tratar los pecados de los hombres; porque Aquel a quien pertenece en exclusiva la sublime prerrogativa del juicio está ahora entronizado como SALVADOR. Dios no está ya más imputando a los hombres sus pecados.[38] Desde el trono de la Majestad Divina se ha ordenado la proclamación del perdón y de la paz, y esto sin limitaciones ni reservas. Y ahora un Cielo silencioso da una prueba continua de que esta gran amnistía sigue vigente, y de que el más culpable de los pecadores puede volverse a Dios y hallar perdón de los pecados y vida eterna. Dios está callado porque ha dado Su última palabra de misericordia y de amor, y el juicio tiene que esperar al «día del juicio»; no puede haber lugar para tal cosa en este «día de gracia».[39]
A muchos esto les parecerá un misticismo de lo más simple. En cambio, otros no verán en ello ningún significado. Porque para ellos el ministerio y la muerte de Cristo son tan solamente un espléndido episodio que ha elevado a la humanidad a un nivel más alto que el conseguido hasta entonces. Y además, para estos últimos el problema que se plantea en este libro no tiene ningún sentido.[40] Al tener una creencia sólo tibia en lo sobrenatural, la ausencia de milagros no excita en ellos ni asombro ni angustia. Pero, felizmente, no son pocos los que han aprendido a pensar en el Calvario no como un paso ascendente en el inevitable progreso de la raza hacia la meta de su elevado destino, sino como una tremenda crisis que puso fin a la probación del hombre, y que lo dejó totalmente dependiente de la gracia divina, o, si rechaza la misericordia ofrecida, confinándolo en juicio. Y éstos valorarán mucho mejor la clave que aquí se ofrece para el misterio de un cielo silencioso.




[1] Efesios 2:17
[2] Salmo 50:3
[3] Apocalipsis 10:7
[4] ἡ βασιλέια τοῦ κόσμου (Αρ. 11:15).
[5] Apocalipsis 11:15-18
[6] 2 Pedro 3:9
[7] Naturalmente, todo lo que es manifestado queda fuera de la esfera de la duda; y Dios declara que en la Cruz de Cristo se han manifestado Su gracia, bondad y amor (Tito 2:11; 3:4; 1 Juan 4:9). Pero, ignorando el hecho maravilloso de que, por causa nuestra, El «no perdonó a Su propio Hijo», los hombres tratan de poner Su amor a prueba; y la prueba consiste en si El va a conceder alguna demanda específica presentada en la presunción de una necesidad o dolor presentes.
[8] Colosenses 2:2-3
[9] Efesios 1:10
[10] Filipenses 2:10
[11] Romanos 10:9. El verdadero budista se distinguirá por la forma en que nombra a su maestro, no omitiendo nunca ningún título expresivo de su reverencia hacia él. Y el verdadero cristiano se declarará de la misma forma. Si una persona escribe o habla habitualmente acerca dé «Jesús» podemos tener la certeza, sea cual fuere su credo, que de corazón es un sociniano. «Que Jesucristo es el Señor» es el testimonio especial del cristianismo, y el cristiano no lo olvidará, ni aún en sus palabras.
[12] Juan 20:29
[13] Ver Apéndices, nota 10.
[14] 1 Timoteo 1:16, V.M.
[15] 2 Corintios 11:24-27
[16]  Aquí tenemos una escala ascendente de experiencias:
«¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?»  (Salmos 77:9).
«Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste» (Salmos 39:9).
«He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (Filipenses 4:11).
«Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades... me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias... por amor de Cristo» (2 Corintios 12:9-10).
[17] 2 Corintios 4:17-18
[18] Véase el último párrafo del Capítulo 1.
[19] Paráfrasis del Salmo 93:4. (La palabra voz está en plural, pero, obviamente, es el plural poético hebreo; no se trata de varias voces, sino de «la gran voz».)
[20] 1 Pedro 1:6-7
[21] Colosenses 2:22-23
[22] 1 Juan 5:20
[23] Cada candidato a la ordenación tiene que declarar públicamente, en respuesta al obispo, que «cree sin fingimiento alguno todas las Escrituras canónicas del Antiguo y del Nuevo Testamento». No voy a entrar en consideraciones de si se debe exigir o no. El hecho permanece. Y siendo así, cuando los clérigos se dedican a desacreditar la Biblia, la consideración principal a plantear se refiere a su propia honradez. ¿Acaso la Iglesia tiene una norma de moralidad inferior a la de los clubes?
[24] Ver Apéndices, nota 11.
[25] Las vidas de los hermanos Newman ofrecen una buena ilustración. Los dos hicieron naufragio de la fe: el uno derivó hacia la religión, el otro hacia la incredulidad. La Apología y el Phases of Faith se hallan entre los más tristes de los libros.
[26] Jueces 6:13
[27] Lucas 11:20
[28] Romanos 11:15
[29] Hechos 17:27;   Hebreos 11:6;  Romanos 2:7. Y ver, especialmente, Hechos 10:34-35.
[30] Romanos 10:20
[31] 2.ª Corintios 5:20
[32] σωτήριος πᾶσιν ἀνθρώποις (Tit. 2:11, cp. V.M. y RV09).
[33] Romanos 5:21
[34] Φιλανθρωπία (Tit. 3:4).
[35] Romanos 2:5
[36] Romanos 13:1
[37] Un autor incrédulo ha dicho en un pasaje: «La Naturaleza no sabe nada de tonterías como "el perdón de los pecados"».
[38] 2 Corintios 5:19. Ver las últimas páginas del capítulo 10, y Apéndices, nota 8.
[39] Será en proporción directa a nuestro aprecio de la revelación cristiana que apreciaremos al argumento de que Dios no puede intervenir ni declararse ahora directa y abiertamente. Pero esto deja sin respuesta la dificultad de que por qué no suele actuar indirectamente en favor de Su propio pueblo. Esto se trata en las páginas finales de la primera sección de este capítulo 13. La vida de la fe ha sido siempre una vida de prueba, y esto es así de forma especial en esta dispensación de un cielo silencioso. Pero es para nuestro gozo saber que nuestro divino Señor «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (He. 4:15). Esta afirmación parece ser contradictoria, porque ¿cómo podía ser Él tentado como nosotros si, como se implica en las palabras adicionales (χωρὶς άμαρτίας), «a través de estas tentaciones, en su origen, en su proceso, en su resultado, el pecado no tuvo nada en Él; Él estaba exento y separado del mismo»? (Alford). La explicación aparecerá en lo que ya se ha expuesto (cap. 11) con respecto a las tentaciones satánicas como principalmente destinadas a destruir nuestra confianza en Dios. Los treinta años anteriores a la entrada del Señor en Su ministerio público, que transcurrieron en una obligada inacción en medio de la abundancia de dolor, iniquidad e injusticia a Su alrededor, tuvieron que haber sido para Él un martirio en vida, con el Tentador echándole siempre en cara la aparente apatía de Dios. Y cuando leemos que «él mismo padeció, siendo tentado» (Hechos 2:18), podemos darnos cuenta de cuán totalmente fue humano, y de cuán profunda y real fue Su humillación.
[40] De esta clase han sido precisamente las críticas que ha suscitado este volumen. Uno de los principales órganos del pensamiento culto en Inglaterra lo describe como «un libro lleno de misticismo religioso». Y uno de los principales órganos de la prensa de los «saduceos», aunque habla en términos halagadores con respecto a la manera en que se plantea el problema del libro, no puede ver nada en la solución que se propone para el mismo. Y así ha sido siempre. Para el judío el Evangelio de Cristo era un ultraje porque descartaba la religión; para el griego culto era una necedad porque dejaba a un lado lo que él se complacía en llamar sabiduría. El «filósofo» pensaba en una evolución y en un progreso ascendente de la humanidad, pero el Evangelio le hablaba de una gracia que le perdonaría sus pecados y del juicio venidero. Si los conductores de la escuela de pensamiento y de enseñanza a los que aquí hacemos alusión pudieran solamente ser llevados a comprender la verdad que este volumen contiene, toda su posición y testimonio se transformarían. Pero en vano se rebuscará en su literatura. Afirmaciones así se pueden hacer con facilidad, pero si no son ciertas se pueden refutar con la misma facilidad: que citen el libro que las refuta.



Historia:
Fecha de primera publicación en inglés: 1897
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Primera traducción publicada por Editorial Portavoz en castellano en 1983
OCR 2010 por Andreu Escuain
Nueva traducción © 2010 cotejando la antigua traducción y con constante referencia al original inglés, Santiago Escuain
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